sábado, 20 de septiembre de 2014

FERNANDO MIRES: "EL MAL"--EN PRODAVINCI--19--09--14--

El Mal; por Fernando Mires

Por Fernando Mires | 19 de Septiembre, 2014
 
El humano es malo por naturaleza; y bueno; o es malo en parte y bueno en parte. No obstante, y ésta es la propiedad de su condición, está dotado de instrumentos para ser bueno o para ser malo. Eso no corresponde a la naturaleza. Es más bien una capacidad que ha dado la naturaleza al humano, la de optar por su naturaleza mala o buena. Es decir, llega un momento en que la determinación de la naturaleza debe desentenderse del humano Ello ocurre cuando éste ha alcanzado uso de razón, razón que le permite optar, o lo que es igual, que permite al humano “ser su propio creador” (Kant 1794 pág.32) y, por lo tanto, responsable de su creación. Es ese uso de razón el que además le permite avanzar “desde lo peor hacia lo mejor” (Ibíd. pág.30).
 
 
---(Nota: Esta imagen pertenece al artículo original)---
 
El mal y la libertad 
Quiso natura entonces dotar al humano de libertad para ser bueno o para ser malo, lo que lo convierte en alguien responsable de ser bueno, o malo, o ambas cosas a la vez. “Aquello que es el ser humano en sentido moral, bueno o malo, eso lo debe hacer, o haber hecho el mismo” (Ibíd. pág.59). Por lo tanto, ni la maldad ni la bondad es condición antropológica ya que corresponden ambas a procesos electivos en el que intervienen múltiples factores pero que, en última instancia, debe resolver cada individuo frente al espejo que le devuelve la imágen de su maldad o de su bondad. La libertad de elegir: esa es la maldición del humano. Pero sin dicha maldición, no sería humano.[1]
 
 
Lo bueno se va haciendo a partir de lo malo, de modo que utilizando nuestras disposiciones podemos ser cada vez menos malos sin dejar de ser nunca malos, pues o sino no podríamos ser nunca más buenos que antes, a menos que alcancemos un estado de perfección totalmente ajeno a la filosofía kantiana. No se trata en consecuencias, la de Kant, de una teoría evolucionista que determine el desarrollo de lo malo en menos malo, sino que de actos electivos que nos hacen a veces más malos y otras veces más buenos (Ibíd. pág.35).
La razón es inseparable de la elección y aquello que racionalmente elegimos para vivir mejor con y entre nosotros, son las llamadas máximas. Ahora bien, hay máximas malas y máximas buenas. La malo y lo bueno de cada uno depende de las máximas que incorporamos en el curso de la vida. No hay nadie bueno con malas máximas. Y las máximas buenas son para Kant aquellas que se ajustan a las normas del Derecho moral, es decir, a reglas que nos hemos inventado para poder vivir juntos. Las máximas malas, por definición, son aquellas que se apartan del Derecho moral (Ibíd. pág.63).
Las máximas, tanto buenas como malas, son a su vez “seguridades” que imaginamos para ajustar los actos con nuestra conciencia. Dichas “seguridades” dejan de serlo si es que no logran construir el puente entre nuestra subjetividad y los demás, es decir, si al aplicar dichas máximas, resuenan ecos de protesta. Habermas: “Acerca del fracaso de seguridades orientadas a la acción no decide la incontrolada contingencia de condiciones desilusionantes sino que el grito de contra-actores sociales con orientaciones disonantes de valor” (Habermas 1999 pág.295). Eso quiere decir: no sólo yo decido acerca del valor de mis máximas, sino que también el otro, con su protesta o grito. Las máximas morales obedecen a procesos de construcción racional, individual y colectivo a la vez
El humano es precaria construcción. La precariedad deviene de tres determinaciones de “lo humano” que establece Kant: 1.- los dispositivos para la animalidad del humano, en tanto ser viviente. 2.- para su humanidad, como ser viviente y al mismo tiempo racional y 3.- para su personalidad como especie racional y al mismo tiempo con capacidad de discernimiento” (1793 pág.37). La determinación decisiva, para Kant, es la última, pues esa es la que permite al humano, gracias al uso de razón, alcanzar el estadio moral. De donde se ve que la razón pura o en sí, no garantiza, sólo posibilita llegar al estadio moral, lo que es evidente: hay seres inteligentísimos y profundamente inmorales. Seres no racionales y morales, en cambio, no hay, pues, como ya ha dicho Kant, la moral presupone la elección (entre máxima mala o buena) y, por tanto, la existencia de una razón.[2]
La moral es una adquisición de la razón (individual o colectiva) pero la razón en sí, no es moral. Como una vez expuso Kant: “Nosotros somos civilizados hasta el agobio, en todas las formas de sociabilidad y de decencia. Pero, para considerarnos moralizados; aun falta mucho” (Kant 1784 pág.152)
Ahora bien, gracias a esa moral, mala o buena, y que adquirimos de acuerdo a nuestra capacidad de discernimiento (que viene de la razón) somos reconocidos como personas. La moralidad, dice Kant, es la personalidad misma, pues es la personalidad que tenemos (o que asumimos) aquella propiedad que, en su conjunto, permite reconocernos como buenos o malos los unos a los otros. “La idea de la ley moral (…) no puede ser considerada como una disposición para la personalidad; ella es la personalidad misma” (1794 pág.39). O dicho al revés: la persona es la representación de su moral.
Pero, si la moral viene de la razón, hay que aceptar necesariamente que de ahí proviene también la inmoralidad. Pues sólo puede haber inmoralidad cuando existe noción de moralidad. De modo que nos encontramos con dos tipos de maldad en Kant: (a) una amoral, que es la maldad que aparece cuando el humano no había construído nociones morales, las que sólo podemos juzgar en retrospectiva desde las perspectivas del estadio racional-moral; y (b) otra inmoral, que es la que se produce como resultado de la regresión y/o transgresión a la Ley moral.
Existe, afirma Kant, una permanente propensión al mal en el ser ya que su moral no sólo proviene de la maldad. Además, debe permanentemente coexistir con ella. Quiere decir que con la adquisición de buenas máximas hemos sólo encontrado límites que separan a lo bueno de lo malo. Lo malo sigue habitando al otro lado del límite, invitándonos a entrar en la oscuridad seductora de sus secretas noches. El mal es tentación permanente; es el diablo que quiere comprar nuestra alma faústica; y el diablo, porque es diablo, sabe que cada alma tiene precio. Kant, que no era ningún inocente, también lo sabía. Por eso afirma que la permanente propensión al mal en cada ser humano proviene de su propia alma. Primero, porque la “naturaleza humana” es frágil. Segundo, debido a la “impureza del corazón” (que a veces no sabe diferenciar entre lo que es bueno y lo que es malo). Tercero, como consecuencia de la corruptibilidad de ese mismo corazón que lo lleva frecuentemente a perder virtudes adquiridas (Ibíd. págs. 41-42) Fragilidad, impureza y corrupción, son las puertas que cada uno, hasta el más bueno, deja a veces abiertas, con la secreta esperanza de que la maldad venga alguna vez de visita.
El mal es radical y banal al mismo tiempo
No basta entonces respetar la Ley moral para ser bueno, sino que esa Ley habite en el corazón. Dicho en los términos que impuso el psicoanálisis, se requiere que la moralidad no sólo sea obedecida, sino que además “introyectada”. Si Kant hubiése sido un filósofo puramente legalista se habría conformado con la primera posibilidad. Pero como no lo era,hizo la fina diferencia entre “un ser humano de buenas costumbres morales” y un “ser humano moralmente bueno”. Del primero se puede decir que “sigue las palabras de la Ley”, del segundo, que “sigue el espíritu” (de la Ley) (Ibíd. pág.42).
Hoy ya sabemos que la diferencia entre ambos tipos es mucho más abismante que la imaginada por Kant. Hoy también sabemos aquello que no sabía Kant: que el poder de la maldad puede ser tan grande que es incluso capaz de infiltrar las leyes y convertirlas, simplemente en las leyes del mal. Porque tanto el facismo como el stalinismo produjeron constituciones y leyes, de acuerdo a cuyo dictámen el mal, en sus más monstruosas formas, fue cuidadosamente legalizado. Peor aún, banalizado. Pues si el mal podía ser legalizado, cometerlo era banal.
 

La banalidad del mal, que descubrió en todas sus dimensiones Hanna Arendt en el caso Eichmann (Arendt 1995), es un fenómeno de la modernidad tardía que no pudo percibir Kant. Porque Eichmann, asesinó a miles de judíos, no porque los odiara, sino en estricto cumplimiento de ordenes avaladas por la autoridad de la Ley, como adujeron sus abogados defensores en Israel. Como Eichmann, cientos de funcionarios facistas se acogieron a ese argumento: “solo cumplíamos órdenes, y las órdenes venían de un poder legalmente constituído”. De acuerdo a ese argumento, uno de los genocidios más terribles ocurridos en la historia de la humanidad era banalizado; radicalmente banalizado.
El mal es radical, es la tesis de Kant. El mal puede ser también banal, fue la deducción de Arendt. ¿Hay contradicción? Creo que no. Ambas tesis pueden ser comprimidas en una sóla: el mal es tan radical que puede ser banal. Eso quiere decir: la radicalidad del mal es tan destructiva que en ocasiones se apodera de sus propios límites, las normas y las leyes. De ahí que, siguiendo a Kant, podría ser formulada la siguiente máxima: Actúa siempre observando que el espíritu moral no sólo de una Ley, sino que de todas las Leyes, sea el de la Ley que obedeces, tanto en su letra, como en su espíritu.
El bien es la flor del mal
 
 
Como el bien nace del mal, nunca ese basamento de todo lo bueno que es todo lo malo desaparece por completo porque si el mal desapareciera no habría bien. Hay, por lo tanto, en cada humano, una coexistencia de lo malo y de lo bueno de modo que se trata en el fondo de una cuestión hegemónica. Pero ¿cómo puede nacer el bien del mal? La respuesta kantiana, como de costumbre, es doble.
En primer lugar, no se trata del cualquier mal, sino que de un  mal radical que, al producir tanto mal en uno y en los demás, origina como reacción el bien. “La maldad moral posee por naturaleza la inseparable cualidad que en sus propósitos (fundamentalmente en las relación con un semejante) es tan repulsiva y destructiva que por sí misma abre espacio al principio (moral) del bien, aunque a través de muy lentos progresos” (1795, págs. 323-324). O sea, el mal puede ser tan malo que al arruinarlo todo se arruina también a sí mismo. En su propia radicalización comete suicidio, y desde sus cenizas, nace el bien.
La dialéctica kantiana que se da entre el mal y el bien tuvo que esperar mucho tiempo para ser entendida. Fue esa rama especial de la psicología que es también filosofía (o por lo menos, teoría del conocimiento) y que recibió el nombre, no siempre apropiado de psicoanálisis, la que captó en su esencia la relación intrínsica que se da entre el mal y el bien. Freud la entendió perfectamente. El bien viene del mal. Del arrepentimiento frente al mal cometido, o simplemente deseado, viene el remordimiento, y desde ahí la moral y desde la moral, el amor. Freud percibió esa dualidad, tanto con sus pacientes; tanto en sus estudios antropológicos. La tendencia hacia el mal, es decir, hacia la destrucción del uno y del otro, pudo observarla como consecuencia de una mala conformación del carácter cuya conciencia no había logrado interiorizar en el momento infantil más primario relaciones empáticas que se superpusieran a las destructivas que laten en cada uno de nosotros.
A partir de estudios realizados con lactantes, analistas como Winnicott lograron después de Freud, captar que la hegemonía de lo no destructivo comienza organizarse en la relación más primaria que es la que se mantiene con la madre, o con quien ocupe ese lugar (Winnicott 1992 pág.213).
El recién nacido tiende a la fusión con el cuerpo del que ha sido escindido, busca su tibia protección, y cuando no la recibe a tiempo, protesta, aulla, es decir, odia, y porque odia, quiere destruir a ese, el objeto de su único placer. Pero hay en esa relación un momento en que el bebé “entiende” que no puede destruir el cuerpo odiado (amado) porque si lo hace pierde el objeto de su odio (amor) (Benjamin 1996 pág.40)
 
 
Es decir, hay un momento pre-racional, en que uno descubre y lo seguirá descubriendo el resto de su vida, que la presencia de ese otro cuerpo es necesaria para que exista el deseo de destrucción pues, si ese cuerpo desapareciera, ya no habría nada que destruir (poseer, comer, beber, succionar, y mucho después, copular). Entonces, ese bebé desea que ese cuerpo siga existiendo para destruirlo.
 

Ese deseo de que el otro exista, completo y pleno para mí, es ya amor en su forma primaria. De ahí al deseo de que ese objeto de la destrucción no sea destruído, es decir, que esté bien, hay un solo paso. El amor nace del odio y desde el momento en que ese amor se encuentra con el odio, nace el bien. El amor, al comienzo, cuando es sólo pre-amor, no es el bien. Es sólo un deseo consumidor y destructivo; y así lo experimentan muchas personas. Del amor reflexivo, vale decir, del deseo de que el otro esté bien para mí, nace la noción de bien (Ricoeur 1996). Te amo, quiere decir en su forma primaria: “deseo que estés bien para consumirte”. El deseo del otro para mí lleva al deseo del otro para sí; y no a la inversa
Se trata, pues, en segundo lugar, el bien, de una noción que no sólo viene del mal, sino que de una reflexión, por muy elemental que sea, acerca de la radicalidad del mal. Esa reflexión lleva a cada uno a concluir que la radicalidad del mal debe tener límites, es decir, la radicalidad no debe ser absoluta para no caer en la destrucción total. Es desde ese límite que frena la radicalidad del mal donde comienzan a fluir, gota a gota, los manantiales del bien. Porque si el mal es radical – no hay ninguna razón práctica para contradecir a Kant en ese punto - no significa que es absoluto. Si es absoluto, no hay salida. El mal absoluto sobrepasa su propia radicalidad. Y ese mal sin posibilidad de bien ya no es el mal: es la nada. O lo que es peor: es la muerte
 
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[1] “Causa del mal moral en la filosofía de la autonomía no puede ser la sensorialidad del ser, sino su libertad” (Schulte 1988 pág.50)
[2] En los términos de Christoph Schulte:  El conflicto entre lo bueno  y lo malo no es un conflicto entre la razón y los sentidos (….) ni entre espíritu y cuerpo, sino un conflicto al interior de la razón….(Schulte, Christoph 1988 pág.36) Esa formulación recuerda otra vez a Freud quien constantemente insistía que el conflicto entre inconciente y conciente no es un conflicto entre pulsiones (Triebe) y conciencia, sino que un conflicto al interior de la conciencia
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Referencias
Arendt, Hanna Eichmann in Jerusalem. Ein Bericht von der Banalität des Bösen, Piper, München 1995
Benjamin, Jesicca, Die Fesseln der Liebe, Fischer, Frankfurt 1996
Habermas, Jürgen Wahrheit und Rechfertigung, Suhrkamp, Frankfurt 1999
Kant, Immanuel 1796 (a) Das Ende Aller Dinge, Werke 6 Könemann, Köln 1995
KantImmanuel 1797 Methaphysik der Sitten, Werke 5, Könemann, Köln 1995
Kant, Immanuel 1784 (a) Idee zur allegemeinen Geschichte in weltbürgerlicher Ansicht Werke 6, Könemann, Köln 1995
Kant, Immanuel 1787 Kritik der reinen Vernunft, Werke 2, Könemann, Köln 1995
Kant, Immanuel 1794 Religion innerhalb der Grenzen der blossen Vernunft, Werke 5, Könemann,Köln 1995
Kant, Immanuel 1795 Zum ewigen Frieden Werke 6, Könemann, Köln 1995
Schulte, Christoph Radikal Bösse. Die Karriere des Bösen von Kant bis Nietzsche, Wibeln Fink Verlag, München 1988
Ricoeur, Paul Sí mismo como el otro, Siglo XXl, México 1996
Winnicott, Donald Familie und individuelle Entwicklung, Fischer, Frankfurt 1992. Original The family and individual development, Tavistock Publication, London 1965
 
 
Transcripción, Edición, Imágenes: Víctor M. Gruber de F.

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